Los mercados financieros han atravesado numerosos períodos de turbulencias. Se han formado y estallado burbujas, las economías han entrado en recesión y los inversores se han enfrentado repetidamente a momentos en los que la incertidumbre parecía sobrepasar a la toma de decisiones racionales.
Sin embargo, pocos episodios han dejado una huella tan profunda como la Gran Depresión.
¿Qué fue la Gran Depresión?
La Gran Depresión fue la crisis económica más larga y profunda de la era industrial moderna, que comenzó en 1929 y se prolongó durante gran parte de la década de 1930. Lo que comenzó en Estados Unidos pronto pasó a ser una crisis económica mundial.
Su alcance fue extraordinario. En Estados Unidos, la producción económica cayó alrededor de un 30 %, mientras que el desempleo alcanzó aproximadamente el 25 % en 1933. La producción industrial se desplomó, miles de bancos quebraron, las empresas cerraron y el comercio internacional se redujo drásticamente. Para millones de personas, la crisis supuso perder sus empleos, sus ingresos y, en algunos casos, los ahorros de toda una vida.
El símbolo más conocido de la Gran Depresión sigue siendo el crack de Wall Street de octubre de 1929. Pero el crac en sí solo cuenta una parte de la historia.
¿Qué provocó la Gran Depresión?
La economía estadounidense ya había comenzado a debilitarse antes de octubre de 1929, mientras se acumulaban vulnerabilidades tanto en los mercados financieros como en el sistema bancario. El desplome de la bolsa no provocó por sí solo la Gran Depresión. En cambio, puso al descubierto e intensificó problemas que se habían ido acumulando bajo la superficie.
Entonces, ¿qué provocó realmente una de las crisis económicas más trascendentales de la historia moderna? Paradójicamente, la respuesta comienza con el gran optimismo de la década de 1920.
La década trajo consigo un rápido crecimiento económico y grandes avances tecnológicos en Estados Unidos. Los automóviles, las radios y los electrodomésticos se hicieron cada vez más habituales, el crédito al consumo se expandió y la prosperidad generó una enorme confianza en el futuro.
Ese optimismo también llegó a Wall Street.
El Dow Jones Industrial Average aumentó aproximadamente seis veces entre agosto de 1921 y septiembre de 1929. A medida que los precios subían, cada vez más personas querían participar en el auge. Para muchos inversores, la premisa parecía sencilla: si las acciones llevaban años subiendo, ¿por qué iban a dejar de hacerlo ahora?
Un factor especialmente importante fue la operativa con apalancamiento: comprar acciones utilizando dinero prestado. Los inversores solo tenían que aportar una fracción del valor de las acciones y podían pedir prestado el resto. En algunos casos, aportaban alrededor del 10 % del precio de compra.
Mientras los precios siguieran subiendo, el apalancamiento podía aumentar considerablemente las posibles ganancias. Pero funcionaba de la misma manera a la inversa. Cuando los precios caían, los inversores apalancados podían verse obligados a aportar fondos adicionales o a vender sus acciones, ejerciendo una presión adicional a la baja sobre el mercado.
Al mismo tiempo, años de subidas de precios habían fomentado un comportamiento cada vez más especulativo. Algunos inversores compraban acciones principalmente porque esperaban venderlas posteriormente a un precio aún más alto, en lugar de hacerlo por la solidez de las empresas subyacentes.
Y los problemas no se limitaban a Wall Street. En 1929 la economía estadounidense ya se estaba debilitando. El resultado fue una combinación peligrosa: expectativas elevadas, activos caros, un apalancamiento generalizado y una economía cada vez más frágil.
Solo hacía falta un detonante.
Semana Negra: ¿cómo se desarrolló el crack bursátil?
Ese detonante llegó en octubre de 1929.
Tras alcanzar un máximo histórico en septiembre, el mercado bursátil estadounidense comenzó a mostrar una volatilidad cada vez mayor. Los inversores empezaron a cuestionarse si los precios de las acciones estaban realmente justificados. Las ventas se intensificaron y la confianza, que había contribuido a impulsar el mercado al alza, comenzó a actuar en sentido contrario.
Entonces llegaron los días que pasarían a la historia.
El Jueves Negro, 24 de octubre, una enorme oleada de ventas sacudió Wall Street. Se negociaron casi 13 millones de acciones, un volumen extraordinario para la época. Los principales banqueros intentaron recuperar la confianza comprando acciones de grandes compañías, lo que estabilizó temporalmente el mercado. Pero el alivio duró poco.
El Lunes Negro, 28 de octubre, el Dow cayó casi un 13 % en una sola sesión. Al día siguiente llegó el Martes Negro, cuando las ventas por pánico se aceleraron y el índice cayó casi otro 12 %, con más de 16 millones de acciones negociadas. Sin embargo, ni siquiera entonces había pasado lo peor.
El mercado siguió cayendo a medida que la crisis económica se agravaba. Desde su máximo de 381,17 puntos en septiembre de 1929, el Dow llegó a situarse en apenas 41,22 puntos en julio de 1932, lo que supuso una caída de aproximadamente el 89%.
Y, lo que resulta aún más llamativo, el índice no recuperaría su máximo de 1929 hasta 1954, aproximadamente 25 años después.
Para los inversores que habían entrado en el mercado cerca de máximos, especialmente aquellos que habían utilizado dinero prestado, las consecuencias fueron devastadoras.
Y lo que comenzó en Wall Street pronto se convirtió en algo mucho más grande que un simple crac bursátil.
La mayor crisis económica y sus consecuencias a escala mundial
La Gran Depresión se agravó hasta tal punto porque los problemas se extendieron al conjunto de la economía y del sistema financiero mundial.
Uno de los mecanismos más destructivos fue la crisis bancaria.
A medida que las condiciones económicas empeoraron, los prestatarios tenían dificultades para devolver sus préstamos y los bancos sufrían pérdidas. Los clientes, asustados, acudían en masa a retirar sus ahorros. Como los bancos sólo mantenían disponible en efectivo una parte de los depósitos, las retiradas masivas podían llevar a las entidades a la quiebra. Como consecuencia, miles de bancos estadounidenses acabaron cerrando durante la Depresión.
Para la población, las consecuencias podían ser devastadoras. En aquel momento todavía no existía un sistema federal de garantía de depósitos, por lo que, cuando un banco quebraba, los depositantes podían perder sus ahorros. Mientras tanto, las empresas se enfrentaban a una caída de la demanda y a un acceso más limitado al crédito. Reducían la producción, recortaban los salarios o cerraban por completo. El desempleo se disparó.
Pero esta no fue solo una crisis estadounidense.
La economía mundial estaba interconectada a través del comercio, los préstamos y el sistema monetario internacional. A medida que la economía estadounidense se contraía, disminuía la concesión de préstamos internacionales y se debilitaba la demanda de importaciones. En otros países surgieron crisis bancarias y monetarias, mientras que las políticas proteccionistas perjudicaron aún más al comercio mundial.
La Depresión se extendió por Europa y otras partes del mundo, aunque su gravedad varió de un país a otro. Por tanto, sus consecuencias fueron mucho más allá de la caída de los precios de las acciones. Incluyeron pérdida de empleos, quiebras empresariales, desaparición de ahorros, pobreza y años de incertidumbre económica.
También cambiaron la forma en que los gobiernos concebían los mercados financieros.
¿Cómo cambió la Gran Depresión los mercados financieros a escala mundial?
Antes de la década de 1930, los mercados financieros estadounidenses operaban bajo un marco regulatorio muy diferente. Los requisitos de información de las empresas estaban menos desarrollados, la supervisión federal era limitada y prácticas como la manipulación del mercado eran más difíciles de controlar.
La crisis cambió todo eso.
La Ley de Valores de 1933 introdujo nuevos requisitos de información para los valores ofrecidos al público y tenía como objetivo combatir el fraude y la tergiversación de información.
Un año después, la Ley del Mercado de Valores de 1934 creó la Comisión de Bolsa y Valores (SEC en sus siglas en inglés), otorgando a un organismo federal la responsabilidad de supervisar los mercados de valores.
El sector bancario también experimentó una transformación. Se creó la Corporación Federal de seguro de Depósitos (FDIC en sus siglas en inglés) para proteger los depósitos bancarios que cumplían los requisitos, abordando uno de los problemas fundamentales que puso de manifiesto la Gran Depresión: cuando las personas temían perder sus ahorros, las retiradas masivas de depósitos podían acelerar una crisis financiera.
La Gran Depresión también influyó en la política económica mucho más allá de Estados Unidos. Los gobiernos y los bancos centrales reconocieron cada vez más que las crisis financieras graves podían requerir una respuesta activa, en lugar de limitarse a esperar a que las economías se corrigieran por sí solas.
El sistema financiero actual, por supuesto, no es inmune a las crisis. Sin embargo, muchos mecanismos que hoy los inversores dan por sentados (requisitos de información más estrictos, organismos reguladores de los mercados de valores, sistemas de garantía de depósitos y una mayor supervisión financiera) se desarrollaron a partir de las lecciones aprendidas durante la década de 1930.
La Gran Depresión no se limitó a cambiar los mercados durante una década. Contribuyó a transformar las reglas bajo las que operan los mercados financieros modernos.
Lecciones para los inversores del siglo XXI de un crac del siglo XX
Ha pasado casi un siglo desde el Martes Negro. Los mercados son ahora más rápidos, accesibles y globales. Los inversores pueden comprar y vender activos en cuestión de segundos desde un smartphone, acceder a enormes cantidades de información y diversificar entre países y clases de activos con mucha más facilidad de lo que los inversores de 1929 podrían haber imaginado.
Sin embargo, algunas de las lecciones fundamentales de la Gran Depresión siguen siendo sorprendentemente relevantes.
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La diversificación es importante
Una cartera concentrada en una sola empresa, sector o tipo de activo es especialmente vulnerable cuando esa parte del mercado se ve afectada. La diversificación no elimina el riesgo de la inversión, ni garantiza rentabilidades positivas, pero puede reducir la dependencia de una única inversión.
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Que los precios suban no garantiza que sigan subiendo
Una de las suposiciones más peligrosas durante un largo mercado alcista es pensar que los precios seguirán subiendo simplemente porque lo han hecho en el pasado.
El optimismo de la década de 1920 es un ejemplo extremo. La evolución reciente puede influir en las expectativas, pero los mercados pueden cambiar de dirección rápidamente.
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El apalancamiento funciona en ambos sentidos
Pedir dinero prestado para invertir puede amplificar las ganancias cuando los mercados se mueven en la dirección esperada. Pero también puede amplificar las pérdidas cuando no lo hacen.
El auge de la operativa apalancada durante la década de 1920 demuestra por qué los inversores deben comprender no sólo la rentabilidad potencial de una inversión, sino también cuánto podrían perder y los riesgos que implica el apalancamiento.
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Las decisiones emocionales pueden salir caras
La Gran Depresión estuvo marcada por dos extremos: un optimismo desmedido antes del crack y un miedo extraordinario después.
La codicia puede fomentar una asunción excesiva de riesgos. El pánico puede llevar a vender impulsivamente. Contar con un plan de inversión claro y conocer tu tolerancia al riesgo puede ayudar a limitar las decisiones impulsadas principalmente por las emociones.
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No inviertas dinero que puedas necesitar a corto plazo
La evolución del Dow después de 1929 es un poderoso recordatorio de que los mercados pueden permanecer por debajo de sus máximos anteriores durante mucho más tiempo del que los inversores esperan.
Por ello, el dinero que puedas necesitar para próximos gastos o emergencias puede no ser adecuado para inversiones expuestas a fluctuaciones significativas del mercado.
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Piensa a largo plazo, pero nunca des por sentada la recuperación
El mercado bursátil estadounidense acabó recuperándose de la Gran Depresión y posteriormente alcanzó nuevos máximos. Pero la recuperación tardó muchos años y no todas las empresas e inversiones participaron en ella.
La historia demuestra que los mercados financieros han experimentado tanto grandes caídas como periodos de recuperación extraordinarios. Sin embargo, no puede decirnos cuándo llegará la próxima recesión, cuánto durará, ni qué inversiones se recuperarán.
En conclusión
La Gran Depresión no puede ofrecer a los inversores de hoy una hoja de ruta para afrontar la próxima crisis. El sistema financiero, la economía y el entorno regulatorio han cambiado enormemente desde 1929. Lo que sí puede ofrecernos es perspectiva.
Los mercados pueden volverse excesivamente optimistas. Los precios pueden caer mucho más de lo esperado. El miedo puede propagarse rápidamente. El apalancamiento puede convertir pérdidas asumibles en pérdidas devastadoras. Incluso después de periodos extremadamente difíciles, los mercados y las economías pueden acabar encontrando un camino para recuperarse.
Los inversores no pueden controlar el ciclo del mercado. Pero sí pueden controlar cuánto riesgo asumen, hasta qué punto diversifican, cuál es su horizonte de inversión y cómo reaccionan cuando llega la incertidumbre.
La historia no predice el futuro. Pero puede ayudarnos a prepararnos. Y eso hace que merezca la pena aprender de los errores de los inversores del pasado.
FAQ
- ¿Qué fue la Gran Depresión?
La Gran Depresión fue la crisis económica más larga y profunda de la era industrial moderna. Comenzó en 1929 y se extendió desde Estados Unidos al resto del mundo, provocando una fuerte caída de la actividad económica, desempleo masivo, quiebras bancarias y graves dificultades financieras para millones de personas.
- ¿Qué provocó la Gran Depresión?
La Gran Depresión fue consecuencia de una combinación de factores, entre ellos la especulación excesiva en el mercado bursátil, las elevadas valoraciones, la generalización de la operativa con margen, el debilitamiento de la economía y las vulnerabilidades del sistema bancario. El crac de Wall Street de 1929 puso estos problemas de manifiesto y los agravó.
- ¿Cuáles fueron las principales consecuencias de la Gran Depresión para los mercados financieros?
La crisis provocó una caída de aproximadamente el 89 % del Dow desde su máximo de 1929 hasta su mínimo de 1932 y contribuyó a la quiebra de miles de bancos. También impulsó importantes reformas financieras, como el refuerzo de los requisitos de información, la creación de la SEC y el establecimiento de un sistema federal de garantía de depósitos.
- ¿Qué pueden aprender los inversores actuales de la Gran Depresión?
La Gran Depresión pone de manifiesto la importancia de diversificar, gestionar el apalancamiento, mantener una perspectiva a largo plazo y evitar las decisiones emocionales. También recuerda a los inversores que las subidas del mercado no garantizan ganancias futuras y que incluso la recuperación de los mercados en su conjunto puede tardar años.